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Laura Milano, lauram@diariolaflecha.org artículo 6 de 8
 
 

Tepúm bajá

 
 

Nunca voy a olvidarme del secundario, nunca. Fue una experiencia única, singular, determinante. Especialmente esto último, determinante.

Tengo muchos recuerdos de esa época, una caja mental llena de imágenes, conversaciones, cánticos, momentos. Algunos creo haberlos olvidado por completo. Por suerte. Pero hay un recuerdo que siempre me vuelve a la memoria y es el que condensa toda mi estadía en la escuela media.

Comenzaba un nuevo torneo de deportes en la escuela, momento muy esperado por la comunidad estudiantil. Estos encuentros eran verdaderas epopeyas homéricas, donde se jugaba el buen nombre de la institución frente a las escuelas cercanas del municipio. Y claramente, también se definía el liderazgo de los deportistas tanto puertas adentro como en el circuito cercano del barrio.

Recuerdo que estaban eligiendo jugadores para integrar los futuros equipos. Dolo T y Luli L eran las capitanas siempre, y no había ninguna réplica en eso. Todo el mundo lo daba como un hecho, hasta los profesores. Ellas estaban en el lugar que les correspondía, históricamente había sido de esa manera y nadie creía necesario un cambio. Las cosas eran así, ellas eran quienes dirigían los destinos del resto del alumnado, dentro del campo de juego como fuera de él; dentro del aula, en los bailes del club y las matinés, en las fiestas de quince, en el kiosco de la esquina y en todo nuestro pequeño mundo.

Allí estábamos todos, en la línea de fuego que definiría nuestra suerte. Dolo T y Luli L se pararon frente al montón, tiesas, impenetrables. Ellas elegirían a sus secuaces con las que compartirían entrenamientos, citas, amistad, y cualquier otro tipo de consagración juvenil. Fueron nombrando una por una a las elegidas, y en cada rostro elegido ya se perfilaba un dejo de altanería. Ya no eran más compañeras, eran parte de las inmortales.

A mí nunca me nombraron, nunca escuché mi nombre.

Las posiciones a cubrir en los equipos ya estaban cubiertas, incluyendo a los suplentes. No había más chances, quedé del lado de afuera de la cancha (en muchos sentidos).

¿Esta historia suena a cliché? Sí, porque lo es. Las definiciones y clasificaciones bien que las conocemos: todos fuimos, somos y seremos definidos/clasificados. Ganadores, capos, grosos, facheros, divinas, líderes. Perdedores, nerds, losers, cuatro-ojos, populares, fracasados. Así fue mi micro-mundo en la secundaria, llena de lugares comunes. Un micro-campo bourdeano (1), donde cada uno ocupaba una posición en torno al poder y ponía en juego su capital para ser el centro de las miradas. Todos sabíamos quién era cada uno, qué lugar ocupábamos en los bancos del aula, qué rincón apropiábamos (o no) del patio. No sabíamos bien porqué, pero no había ninguna replica en eso.

Dolo T y Luli L estaban allá en la cima del éxito, y en algún momento pensé que ese era el correcto orden de las cosas. Que así funcionaba el mundo: algunos arriba y otros abajo. Por los siglos de los siglos.

Pasaron los años y nunca más supe de ellas, pero he visto copias suyas en todos lados: en los trabajos, en el estudio, en las amistades, etc. Nunca más hice deportes pero varias veces me volví a sentir –como aquella vez- frente a una cancha y un campeonato por ganar. A mi ya no me entusiasma competir, pero a algunos se ve que les encanta ese juego. Y ganan siempre. Mientras muchos pierden, creyendo que es lo normal. Algún día eso va a cambiar, y los de afuera de la cancha vamos a tomar la pelota. Ahí, agarrensé. 


(1) “La lógica de los campos: Entrevista a Pierre Bourdieu”. Se puede bajar de Internet en  www.pierre-bourdieu.blogspot.com/2006/07/la-lgica-de-los-camposentrevista.html


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LF28 pág. 08, 2009.
 
 

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