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Facundo Montes, facundom@diariolaflecha.org artículo 4 de 7
 
 

NOHONGOS

 
 

NO ME VENGO DE QUIEN VENGO, DEVENGO

Me contaba una amiga lingüista un caso un tanto extraño.
Parece que el pueblo judío disperso por el mundo no tenía idioma propio. La suya era una lengua muerta, y además, sin una gramática sistematizada, siendo la única fuente de referencia los libros religiosos escritos hacía miles de años. La lengua había dejado de hablarse en el siglo I antes de Cristo, murió. Pero mucho tiempo después pasó algo fuera de lo común y por 1880 una persona estudiosa de la lengua  consideró importante recuperarlo y se dedicó a inventar o reinventar totalmente el hebreo (moderno). Partiendo de algunas raíces creaba palabras y su significado, según le parecía conveniente. Reconstruyó de golpe una lengua con su variedad de significados, cubriendo procesos históricos, sucesos y experiencias.

En ninguna época sucedió esto. En ningún lugar. Aquí no pasó. No es lo habitual.

 

Démoslo vuelta.
Lo normal es que la cultura y su lengua se vayan construyendo día a día por el hablar de la gente y que cada persona que llega reciba ese legado. Así nos sucede. Hablamos de un determinado modo porque nos lo transmitieron, y porque lo recibimos podemos expresarnos. Es el resultado de sucesos, de inventos, de guerras, de historias de amor, de procesos políticos, crisis económicas, campeonatos, de victorias y luchas perdidas, que fueron forjando un lenguaje y un entramado de sentidos.

Cuando comenzamos a hablar, lo hacemos sin tener que armar una lengua completa con su gramática incluida para poder comunicarnos, la recibimos. Gracias a este regalo, al que poco le miramos los dientes, hablamos y no sólo eso. Con esta transmisión cultural del habla nos vienen los significados, y sus valores, junto a visiones e interpretaciones de la vida, prácticas y prohibiciones, costumbres, gustos y tanto más.

Tampoco esto lo inventa cada uno. Viene. Un combo.
Sería imposible hacer la gran Eliazer sobre todos los temas.

“Somos seres históricos” escribía la profe. Hay una dimensión histórica de nuestra subjetividad. Los hechos históricos, sus vivencias y su transmisión nos marcan, producen sentidos, tipos de pensamiento, valores, estilos de vida que adoptamos. Por más originales que nos parezca ser, e´así.
 
Me gusta el fútbol. Soy así, me apasiona, ¿tendrá algo que ver con la historia? Escucho rock... uso jean, no sé a quien votar, tengo TV en casa, valoro la democracia y no quiero a los milicos en la calle. ¿Tendrá que ver? Estas prácticas, valores, gustos y costumbres guardan relación con las condiciones históricas que las hicieron posible.

¿Estamos marcados y condicionados?
Y… no sé si para tanto, pero que las hay, las hay.

La historia está aquí y nos atraviesa y parece imposible de ignorar.
Una buena, no tenemos que inventar todo de la nada como hizo don Perelman. Pero atenti, tampoco parece inteligente recibir un legado o rechazarlo todo sin pensar.
Si estas condiciones no son naturales ni inevitables, sino construcciones históricas, también sabemos que pueden ser de otra manera.
Una línea que cabría pensar: ¿Qué es mío? ¿Qué es heredado? ¿Con qué me quedo? ¿Qué dejaría de lado? Y no ne facile.

¿Y cómo hacer...?
¿La historia de nuestro país?
¿Nuestra historia familiar y personal?
¿Conocer los acontecimientos, procesos, cambios, búsquedas, tradiciones y rupturas?
Y… no vendría mal.
Conocerlos quizás sea un buen camino, mirarle los dientes al caballo y elegir.
Poder resignificar ciertos acontecimientos que nos marcaron. Para construir otros sentidos que nos permitan pensar de otro modo. Atravesar las verdades transmitidas para desde ellas poder inventar nuevas.
¿No será mucho?
Aceptar entonces algunas prácticas, sentidos y valores, pero dejar otros de lado…
Y así si.
Quizás sí.
Quizás podamos elegir.
Elegir nada más y nada menos como queremos vivir.

1Eliezer Yitzhak Perelman
2Gracias Verónica Scardamaglia que su material parafraseamos el texto “Constitución sociohistórica de la subjetividad”.
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LF27 pág. 06-07, 2009.
 
 

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