CUANDO ARGENTINA TODAVÍA NO ERA ARGENTINA, E INCLUSO CUANDO BUENOS AIRES ERA APENAS UN PEDACITO DE LO QUE ES HOY, YA TENÍAMOS CLARO QUE NO ÉRAMOS TODOS IGUALES, QUE HABÍA GENTE DECENTE, CIVILIZADA, Y OTROS SERES BÁRBAROS, DESCARTABLES. EL GRAN MAESTRO FUE EL PRECURSOR, Y SUS APLICADOS A-LUMNOS LE RINDIERON HONORES, INCONMOVIBLES, POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS.
Desde los albores de la “organización nacional” los tantos estaban claros. Mientras la ciudad progresaba, era fuente de ilustración y cuna de intelectuales, el interior era un obstáculo: en el noroeste había gauchos, en el sur, indios, ¿y en qué cabeza entraba que esos seres inferiores pudieran vivir como nos enseñaba la civilización occidental, esa tan respetuosa de la vida, la libertad y las buenas costumbres? Esos seres con el cráneo encogido debido a la mezcla con “razas inferiores” –esto último demostrado por Sarmiento después de rigurosas investigaciones- no podían ser parte de la Nación que estaba naciendo. Así que nuestros próceres decidieron arrancar el problema de raíz: el exterminio fue la solución. Linda forma de parir una nación.
Acabados los legítimos dueños de la tierra, alguien tenía que hacer el trabajo duro que la empresa del progreso requería. ¿Y qué mejor que importar laboriosos anglosajones, educaditos y con el cráneo bien formado? Bien dispuestos, empezaron a llegar nomás, pero en lugar de venir del norte de Europa venían de lugares mucho menos “civilizados”, como España o Italia; encima sucios, con hambre, enfermos. Inesperadamente, las élites “integradas al mundo” se encontraron rodeadas nuevamente por hombres y mujeres que no estaban a su altura, que ni siquiera sabían hablar su idioma. El problema era, según uno de ellos, que “traían la infección en la sangre”. El problema era grave entonces.
A pesar de las epidemias, el hacinamiento, las pésimas condiciones de trabajo, las leyes de residencia y la represión, les fue un poco menos mal que a sus antecesores gauchos e indios. Sus hijos iban a tener la posibilidad de incorporarse a esa sociedad y redimir a su familia de la vergüenza que significaba ser descendiente de españoles o italianos, ni que hablar de judíos o turcos.
Sin embargo, muchos seguían quedando afuera: los obreros, los del interior, los negros, los descendientes de los indios y los gauchos, que tantos dolores de cabeza les habían traído a los grandes hombres del siglo anterior. Y más temprano que tarde, entraron. “Aluvión zoológico” dijeron algunos de los más tolerantes miembros de la élite, encontrando eco en algunos sectores de la clase media que florecía –aunque les duela reconocerlo- con el peronismo. Los “cabecitas negras”, que asomaban a la gran ciudad, que empezaban a tener derechos -en lo material y en lo simbólico-, esos que se lavaban las patas en las fuentes de la Plaza de Mayo, se plantaron y les recordaron a todos que ellos también estaban, y que eran iguales. Ocuparon espacios en lo político y en lo económico, pero sobre todo en lo cultural. No exigían más que respeto, tan básico pero tan difícil de entender para algunos.
El espanto llevó a todos los “civilizados” a unirse para acabar con la “barbarie”, y a fuerza de revoluciones libertadoras y argentinas reestablecieron el orden “democrático” que dejó fuera de juego a gran parte de la población.
Pero los artífices de esa sociedad no tenían mucha suerte. A los pobres siempre se les aparecía alguien que les recordaba que no eran los únicos, que había otros y otras que también querían ocupar el lugar que les correspondía. Después de los cabecitas negras llegaron los “subversivos”, que no tenían Dios ni Patria; pecadores que osaban cuestionar los valores occidentales, la santísima propiedad privada y la violencia del sistema. La solución no fue muy distinta de la aplicada un siglo atrás: había que exterminarlos... y ya sabemos como sigue la historia.
Años después del “proceso de reorganización nacional”, cuando estábamos en el paraíso del uno a uno, podíamos viajar a Miami y comprar televisores en cuotas, llegaron nuevos inmigrantes, que no eran como habían sido nuestros abuelitos, tan íntegros y trabajadores. Los nuevos eran bolivianos, paraguayos o peruanos, venían a sacarnos el trabajo, a traer droga y quién sabe cuántas cosas más. A esta altura, la propuesta de la parte “decente” de la sociedad, ya no es sorpresa: en el mejor de los casos, había que mandarlos de vuelta a su país.
Cuando llegó el final del uno a uno y los inmigrantes se pusieron a vender verdura en la esquina o fueron esclavizados en talleres clandestinos, aparecieron unos que les pusieron los nervios de punta con sus cortes de calles: los “piqueteros”. Aunque las cacerolas y los piquetes eran una sola lucha, con la reactivación económica la “gente” recuperó sus valores históricos: había que terminar con el problema, fácil y rápido, la gendarmería lo podía hacer perfectamente. Así seguirían disfrutando sin límites de todo lo que podrían consumir, todo gracias únicamente a su esfuerzo personal, por supuesto.
Los piqueteros se fueron yendo (por suerte no gracias a las propuestas de la “gente”), pero enseguida se pudrió todo de nuevo, porque ahora “no podemos salir a la calle”, y todo por culpa de “los delincuentes” que están por todos lados. Justo en este país de cárceles superpobladas donde “los delincuentes entran por una puerta y salen por la otra”. Una vez más la “gente”, los miembros más notables de nuestra sociedad -esos siempre comprometidos con el bienestar de todos-, tienen la solución: ¿qué es eso de los derechos humanos de los delincuentes? ¡Basta de estupideces! Hay que matar, encerrar, tapiar, fusilar, y listo.
Por ahora, la parte “sana” de la sociedad está enfrascada en esa lucha por la “justicia” y la “libertad” en contra de toda la lacra que la ataca. Pero atención, porque quién sabe cuántos “otros” vendrán después de los delincuentes. Al final, diría la gente como uno, no se puede vivir en paz, siempre hay alguno que viene a molestar reclamando el lugar en la sociedad que le corresponde, dejándonos mal parados, como si fuéramos racistas. ¿Qué va a decir el mundo? Justo a nosotros, tan occidentales y cultos, nos tenía que tocar nacer en esta parte del mundo... a nosotros, tan derechos y humanos.
* Esto no es historia. Es un recorte parcial, arbitrario y subjetivo de interpretaciones de interpretaciones de realidades que nos llegaron, nos conformaron, nos marcaron.
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