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Diego Couzo, info@diariolaflecha.org artículo 6 de 6
 
  LA FRUTA EN LA CANASTA  
  Pongámonos, por un momento, en blanco y negro...
Hubo un tiempo, para mí, en que el arte se reducía a una ecuación cuasi matemática – mero prejuicio-: se la encuentra en determinado contexto, léase museos, galerías de arte, colecciones privadas; se hizo hace mucho (Antigüedad, Edad Media, siglo XVIII); es para cierta gente, como por ejemplo de edad avanzada, con mucho dinero por gastar; es para personas cultas, generalemente tenía que ver con la concurrencia a lugares de ese tipo. El resultado: “el arte es para viejos cultos, no para mí”. Esta visión incluía sólo algunas cuadros, algún temita de Vivaldi y punto. Es decir que el periodo del quatroccento, el Renacimiento o la Edad Media ya habían pasado y nos habían legado determinada cantidad de obras. Lo que seguía después, más cercano a mis días, era una cosa rara. Inclasificable.
Lo bueno viene cuando me mencionan por ahí, como quien no quiere la cosa, que el arte es consciente del momento histórico que atraviesa, lo refleja crítica o acríticamente, ofrece soluciones, imagina nuevas formas, nuevas relaciones. De ahí en más, después de hurgar un poco en los apuntes de la facu, anotar algún otro nombrecillo perdido en alguna de esas líneas, algunas horas de ojear libros de pintores, descubrí ese otro arte, ese que ya estaba, ese que hablaba de los avatares sociales, de los pobres, de los marginados, de los trabajadores explotados, de lo terrible de la guerra. El mismo que busca infiltrarse en la vida cotidiana, entre las personas comunes y corrientes. Así, el arte deja de ser para mí un aspecto trivial de la vida. Comienza a interesarme. Comienza a interpelarme.

Ya podemos recupera el color...
Hoy sigo encontrando de muchas formas, en muchos lugares, cositas que me alegran un poco más el camino, que me invitan a reflexionar. Sigo encontrando piezas artísticas que no tienen nada que envidiarle a la Mona Lisa. Una forma, práctica, fácil y divertida es el stencil grafitti(1). Cualquier ser humano puede caminar por alguna calle, mas o menos transitada, y descubrir que a George W. Bush le salieron orejas de ratón. O bien, se puede confundir una señal de tránsito común y corriente, con una que indica que el mundial del ’78 se usó para tapar un genocidio(2) . También se puede tomar como ejemplo un experimento artístico, que se desarrolla arriba del bondi y que encontré paveando por “la iterné”: consiste en dibujar un autorretrato, redactar una anécdota, y confeccionar algo que “se asemeja en concepto a un módulo arquitectónico. La idea es que al terminar todos los ejercicios, el boletín se transforma tanto en una pieza única como en parte de una estructura gráfica más compleja. Siguen el mismo patrón pero difieren, puesto que cada parte fue intervenida por una persona diferente. Se le pedirá a cada pasajero que colabore con un mural en honor al ciudadano común y corriente. El participante sabe que sus dibujos son incluidos como una pieza parte de un gran rompecabezas mural con el objetivo de honrar al ciudadano promedio.”(3)
Crear un objeto artístico implica el manejo de ciertas normas, ciertas reglas. De la manipulación de esas reglas se obtendrá un producto. Esto significa, por ejemplo, el manejo de colores, de escalas, de formas, de dimensiones. A qué se da importancia, qué aspecto se señala, qué sentido, qué fin, se le quiere dar al objeto nos permite anhelar, soñar, pensar, modificar, recrear. Es sobre este punto que se puede hablar de libertad Libre del sistema, libre del jefe hincha pelotas, libre de lo que nos produzca un sentimiento de angustia y opresión. Es, a esta altura, donde se pueden llegar a borrar límites, donde las utopías se pueden empezar a transitar.«

 
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LF14 pág. 09, 2005.
 
 

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