« La Flecha 12 | Participación Social II
   
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  PICÁ PERO NO TE RASQUES  
  ¿Se pueden cambiar las cosas?¿Por
dónde empezar?¿Puedo aportar desde mi lugar?¿Sirve para algo? ¿Sólos? ¿Con otros? ¿Con quién?

Asi empezamos, algunos de comunicación, de diseño y de política social, con la ayuda de amigos que nos dieron unas cuantas manos (especialmente para repartir), logramos durante estos tres años, con sangre, sudor, papel y tinta publicar 11 Flechas.

Pero como no queremos ser solo un conjunto de ideas impresas, en octubre organizamos, junto con varios los lectores que se unieron, una jornada en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, para a reflexionar y ver en acciones concretas, cómo podemos contribuir desde nuestra carrera a la construcción de una sociedad más justa.

Invitamos a tres panelistas para hablar acerca de la participación; Sergio Balardini, especialista en temas de juventud y participación, de la FLACSO; Juan Frid arquitecto y jefe de cátedra de la FADU, quien está impulsando desde su cátedra un proyecto de trabajo con organizaciones sociales; y Luciano Iramain
coordinador de la organización social “EnAcción”.

Además cuatro estudiantes contaron su experiencia del trabajo que realizan en barrios Capital Federal y Gran Buenos Aires. Y simultáneamente hubo una exposición de 10 organizaciones mostrando el trabajo que hacen.

A veces tenemos ganas de participar, pero no sabemos si es posible, si sirve de algo lo que podamos hacer, si somos los únicos, si hay otros…



Sergio Balardini (1)

Me invitaron a hablar de la participación de los jóvenes en la sociedad, y la primera cuestión que se me ocurre es pensar la participación en la distancia de ayer a hoy. ¿Cómo se participaba antes?, esto tan famoso... los esperanzados ’60 - ’70, ahora que se habla de los setentistas ¿Qué pasaba entonces? ¿Por qué? ¿Y en los noventa qué pasó? ¿Cómo estamos ahora? ¿Es distinto o no es distinto? ¿Por qué razones? En fin, tengo mi mirada. No significa que sea la única, simplemente es una.

En los años ’60 - ’70, lo que puede verse es una radicalización de la política y del mundo de la cultura, pero, enfáticamente, una radicalización del mundo de la política: el conflicto Este-Oeste, Capitalismo-Socialismo, Estados Unidos-Rusia, como polos principales del antagonismo. Un conflicto ideológico muy fuerte, y, también, militar, bélico: guerras de Argelia, Vietnam, los procesos de descolonización. Los años sesenta son muy impactantes política e ideológicamente. Y en su recorrido, se van radicalizando cada vez más. Al mismo tiempo, en esos años, los jóvenes tienen una presencia muy protagónica en los espacios de participación, social y política.

¿Cómo fue que los jóvenes se fueron involucrando, poco a poco, cada vez más en esos espacios? Después de la Segunda Guerra, los jóvenes exigen cada vez mayor participación; y comienzan por la familia, cuestionando y demandando por la toma de decisiones. Estos jóvenes, en la medida en que se va construyendo un estado de bienestar, ya no tienen que aportar los ingresos de sus trabajos para sostener al grupo familiar, sino que pueden empezar a gastar en beneficio propio, lo que suponía la construcción de un mercado de consumo específico para jóvenes (…) En fin, se van produciendo bienes para jóvenes y se va constituyendo el espacio del protagonismo juvenil y de las culturas juveniles en medio de la instalación de una economía de mercado que responde a las nuevas demandas de ese estado de bienestar.

Pero hay un dato fundamental para entender el contexto de lo que sucedía entonces: en esos años la política era hegemónica sobre la economía, la política subordinaba a la economía. La gran diferencia que vamos a ver en los años ’90 es que, precisamente, la relación es inversa. Los años ’90, van a ser los años en donde la economía subordina a la política.

Aparecen entonces intelectuales de la derecha, en particular, reclamando un lugar más propicio para el capitalismo, pues, según su visión la democracia limita la capacidad de dominio del mercado. Lo que dicen ellos es: tenemos una sobrecarga de demandas, un exceso de democracia (así está planteado en los documentos del año 1975, que escriben para la Trilateral Commission). ¿Cuáles fueron las características de su plan de acción? Básicamente, lo que ya saben: privatización, descentralización en cierta perspectiva, determinada reforma del estado, apertura del comercio exterior sin restricciones e indiscriminada, un dólar barato que dio lugar al famoso “deme dos”…. Pero estos cambios no hubieran podido hacerse en democracia, entonces, ahí se produjeron todos los golpes de estado que hubo en la región, con mucha proscripción, mucha represión… O sea, desarmamos los partidos políticos, dejamos de lado la democracia, reprimimos, proscribimos, censuramos, no hay más sindicatos, nadie discute nada. Reformamos la economía, reformamos el estado. Resultado de ello: una nueva sociedad. Nuevamente el capitalismo podrá tener sus ganancias.

Quiero decir, es mucho lo que sucedió, básicamente lo que decíamos antes: en los ‘60-’70 la política subordina a la economía, y en los años ’90, la economía subordina a la política. ¿Qué significa esto? Que, si en los años ’60 y ‘70 la política era vivida, y por los jóvenes en particular, como un lugar desde el cual trasformar las cosas, cambiar la realidad, con una idea muy utópica y radicalizada también, es cierto, pero en la que, centralmente, la política tiene sentido, es una palabra que vale, es un valor, la política significaba la posibilidad de cambiar el mundo, así era vivido. Es más: era vivido como un deber ser. Quien no participaba en política estaba medio desubicado. O así era visto. Además, era como si se anduviera en una avenida rápida hacia la revolución, en el sentido de “lo vamos a poder cambiar todo”. No sólo era bueno hacer política, sino que se confiaba en que cuanto más política se hiciera, y cuantos más participasen, mejor todavía, porque más rápido se irían a producir los cambios. Había convicción, certeza, lo que llevaba, incluso, a dar la vida por ello.
Muchísimo más se podría decir, pero quiero señalar o subrayar esto: el lugar de voluntad y de la política como espacio de definición, y la política sentida por todos como algo muy valioso y y dotado de la capacidad de transformar la realidad. Los jóvenes, en esa época, no tenían padres en la política. Tenían “abuelos”, en todo caso: referencias como Mao y Perón, entre otras. Pero si ustedes se detienen a observar quiénes son los jefes, los líderes, o qué tipo de organización política hay en esa época, son organizaciones nuevas o renovadas, constituidas y dirigidas por jóvenes. Ejemplos los que quieran: Praga, en el ’68; el mayo del ’68 en París; la primavera de Roma, en el ’69; las cosa que sucedían en Okinawa, Japón; el Cordobazo, aquí. Donde uno fuera, encontraba una renovación muy fuerte de la política; también de la cultura, donde los jóvenes participaban muy activamente, bajo este concepto: cuantos más, y cuanto más hagamos, va a ocurrir más prontamente el cambio que todos decían que hacia falta y que impulsaban.

Cuando la economía pasa a subordinar a la política, ese sentido de la política como lugar de transformación del mundo, se convierte en pura administración. ¿Cuál era el concepto de la política en los años ‘90? La administración, no el cambio, no la transformación. ¿Qué adjetivaciones la acompañaban? La gestión de lo dado, pero con eficacia y honestidad. Entonces a no prometer que vamos a cambiar demasiado las cosas, porque no se pueden cambiar. Pero todos lo sabemos: la política de los ‘90 ni siquiera cumplió su promesa de honestidad y eficacia. Administró, hizo -es cierto- una transformación de lo real, pero en sentido negativo, para mi modo de ver. Y, además, lo hizo con una dosis alta de corrupción.

En este contexto, la política pensada, planteada, promovida como la administración de lo dado no puede seducir a nadie. No puede ser atractiva para nadie. Menos para los jóvenes. Entonces, cuando se pregunta acerca de la participación de los jóvenes en los ’90, sucede que la participación cambia, y mucho, en relación a los 60-70.

¿Qué hacen los jóvenes durante los ‘90? Participan, pero no en la política partidaria. Comienzan a participar cada vez más en otros tipos de instancias y ambientes, donde la relación sea cara a cara, concreta y próxima, en donde haya una relación de eficacia con el esfuerzo que uno hace, en donde se vea el producto de aquello que uno hace, donde no se busca un saldo organizativo (la construcción del partido, por ejemplo). Se busca saldo de resultados. Eso se vio mucho en los ’90, tanto en cuestiones eminentemente materiales, de transformación socio-comunitarias, como de gestión cultural. Pero también se ve en las acciones de denuncia, cuando estiman que pueden tener algún grado de incidencia, cuando creen que no van a ser manipulados, o cuando lo estiman estéticamente necesario. Es decir, no es que los jóvenes se guardaban y no querían saber nada, sino que los lugares y las instancias de participación comenzaban a ser otros.

Creo que hoy debe ponerse en tensión lo que significa la socialización política en una y otra época: la de los setentistas y la de los años ’90, para poder reflexionar y repensarla.

Por ejemplo, yo rescato muchísimo esta cuestión del interés por lo concreto y por la eficacia de las acciones. Ahora, eso hay que tensionarlo en relación a cómo se logran esas eficacias de las acciones. Yo creo que después del 2001, aparece alguna forma de repolitización incipiente, de prácticas de participación, que no son las prácticas de partido. ¿Qué quiero decir con "incipiente repolitización"? Que comienza a aparecer en muchos grupos de jóvenes, que hacen muchas cosas, participando aquí y allá, la pregunta por el sentido de lo que hacen. La pregunta por cómo esto se enlaza con otras cosas. Lo que no significa que terminan diciendo, hay que construir un partido político o hay que subirse a uno. Habrá quienes militen en los partidos, quienes realicen acciones socio-comunitarias, quienes participen en proyectos socio-culturales. Tal vez, lo beneficioso de esto, sea que todo eso es necesario, todo eso debe convivir, todo eso debe colaborar. Ninguno de estos ámbitos debe pretender que subsume y resuelve al otro. Esto es lo que yo llamo un indicio de repolitización, en el sentido más puro y positivo del término.


Facundo Montañas

Nos comunicamos usando palabras y damos por sentado que hay buenas y malas. Dentro de estas últimas hay escalas, están aquellas que pertenecen al ámbito culinario como nabo, zapallo, papa frita, pescado, etc. que utilizamos como insulto.
Hay un segundo nivel que se da cuando incorporamos aquellas palabras que señalan partes del cuerpo, puntualmente las “partes nobles”, delanteras o traseras, tanto del otro como de su madre y estas son propiamente las malas palabras.

Sin embargo si consideramos que las palabras pasan a ser malas por lo que producen en el que las oye y en su cara, esto no queda acá, hay un tercer nivel, el de aquellas que derivan de las relaciones entre las personas. Expresiones como “¡Sos el responsable!” o “hacete cargo” o “la responsabilidad será tuya” producen las caras más serias que se hayan visto.

Según esta hipótesis, las de este tipo son una de las peores malas palabras. Tomemos por ejemplo uno de los términos más temidos: “responsabilidad”. Si un laburo sale mal, aparece la pregunta fulminante: ¿quién es responsable? (o ¿dónde se escondió?). Cuando un grupo de pibes hace quilombo, nuevamente viene el afectado y creativamente grita ¿quién se hace responsable? Aquél cargará con los fracasos o acciones de todos. Y nosotros con el tiempo aprendemos a decir: “no, dejá… yo no me hago responsable.”

Ni hablar de cuando blablamos sobre la sociedad y sus problemas. Lo hacemos como si identificáramos claramente al responsable, es obvio que fueron los gobernantes. Si continúa la conversa llegamos más arriba, resulta que en realidad estos no pueden hacer nada, porque el grupo de los 8, los organismos internacionales de crédito y las multinacionales, son los culpables de todo. Y más de una vez alguno cierra con aquella idea de que hay tres o cuatro cerebros que están manejando el mundo. Identificamos a los responsables. Listo. Fuimos.

Probemos retomar aquella mala y temida palabra. ¿Qué pasa si consideramos que en parte somos responsables de lo que sucede? Qué pasa si el hecho de que haya pibes que están con hambre, otros que pasan de grado sin saber leer y escribir, que falta el laburo y tantas otras cosas más, tiene que ver con nosotros.
Suena antipático, pero después de aguantarnos el cimbronazo, bajón, o cierta vergüenza, podemos dar vuelta la idea y pensar, que si somos responsables de lo que sucede entonces también lo podemos cambiar, que todavía es posible hacer algo.
El problema sería justamente que nos afanen la responsabilidad, en ese caso no podríamos hacer nada.
Si no tuvimos nada que ver no tendríamos nada que hacer, pero si somos parte podremos modificarlo ahora.


(1) El autor es Master en Administración Pública (UBA/INAP) y Lic. en Psicología (Universidad Argentina John Kennedy). Actualmente se desempeña como coordinador del Proyecto Juventud de la FLACSO y del Grupo de Trabajo Juventud de CLACSO

 
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LF12 pág. 10, 2005.
 
 

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